Sitio de oración por las comunidades “non una cum”
Otra clase de penas del Sacerdote proviene de los falsos hermanos. Bajo este nombre han de comprenderse no sólo los apóstatas y hombres de fe dudosa, sino también los hipócritas y violadores de secretos, los susurrones, murmuradores, detractores, y todos cuantos andan rondando la casa del Sacerdote, y notan y observan, y traen y llevan noticias de descontento y disgusto, y quejas que se levantan contra él. Semejantes personas suelen ser pródigas en palabras de respeto y de afecto a su persona, y de una fidelidad a toda prueba. Su respeto es servil, y sus frecuentes profesiones de buena voluntad, van por lo regular demasiado lejos. ¿Quién sospecha de esta clase de personas sin temor de incurrir en la nota de temerario y poco caritativo? Cuanto más virtuoso es el Sacerdote, más confiado suele ser. Cree que los demás son como él; detesta la simulación y piensa que los otros son incapaces de ese pecado. Por consiguiente, responde sencillamente y sin sospechar siquiera de que haya quien pueda tergiversar la significación de sus palabras, y cuando cree que puede hablar con santa libertad dice al que le pregunta todo lo que éste quiere saber. Luego, luego viene sobre la cabeza del Sacerdote, a manera de ejército de mosquitos, una nube de malas inteligencias, de peores interpretaciones y de narraciones o dictámenes dados por él, completamente inexactos. ¿De dónde, por qué, acerca de quién? Nadie lo sabe; pero deshacen amistades; se reavivan resentimientos que estaban ya muertos; la parroquia se divide en bandos; la disensión separa unas de otras las familias, hasta que al fin el pobre Sacerdote cae en cuenta del día y la persona, y las preguntas que dieron ocasión a las respuestas. Es una buena lección para lo futuro; no es la primera, tal vez, ni será tampoco la última. Y entonces, el pueblo le acusará de que es demasiado reservado y callado, como si no se le hubiera quemado hasta con cauterio. Los falsos hermanos son un gran mal, pero las falsas hermanas son una calamidad todavía mayor, en cuanto que son menos cuidadosas de oír bien y más difíciles en guardar lo que oyen.
Todas estas cosas mortifican, pero hay otras peores que mortifican todavía más. Tal es la obra de demolición de aquellos falsos hermanos, que miran con malos ojos todo acto de autoridad, y critican toda palabra que sale de los labios del Sacerdote. Semejantes personas viven en completo desacuerdo con los que están sobre ellos. El Párroco nunca tiene razón y no puede hacer cosa a derechas. Y claro es que semejantes murmuraciones inficionan a otros, causándoles descontento.
Estas cosas, consideradas en sí mismas, son despreciables; sin embargo, pueden ser motivo bastante para poner en guerra a los feligreses con el Párroco. Cuando el espíritu de crítica llega a prevalecer, es voraz y nunca se sacia. Desaparecen la paz y la caridad, y se levanta un muro de malquerencia entre el rebaño y el Pastor, de cuyas manos reciben la absolución de la Preciosísima Sangre y el Pan de vida eterna. A primera vista, algunos podrían extrañarse de que San Pablo, después de haber hecho un catálogo bien negro, por cierto, de pecados de la carne, añada “enemistades, contiendas, celos, iras, riñas, discordias, sectas”, y cierre la lista con “homicidios, embriagueces, glotonerías, y otras cosas semejantes” (Galat., V, 19-21). En verdad que los pecados del espíritu de “enemistades y disensiones”, son más satánicos que los pecados de la carne, porque Satanás no tiene cuerpo; y alejan más de Dios, porque son espirituales, y Dios es caridad.
“El Sacerdocio Eterno”, del Cardenal Manning (Ed. Balmes, Barcelona, 1959), Cap. XI: “Las penas del sacerdote”, punto IV (págs. 129-130).