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11 enero 2013 5 11 /01 /enero /2013 09:56

La misa mensual que varios sacerdotes han celebrado graciosamente por el triunfo de la Santa Iglesia y la unidad en la Caridad de todos los fieles que profesan íntegramente la Fe Católica, ha terminado en este mes de enero. Agradecemos calurosamente a cada uno de los sacerdotes que han ofrecido la Santa Misa por esta intención, así como a todos aquellos que se han unido por la oración. Pero esta intención debe continuar estando presente en nuestros corazones y no debemos dejar de rezar y hacer penitencia para acelerar el Reinado del Sagrado Corazón de Jesús por el Corazón Inmaculado de María. Buen y Santo año para todos.

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2 diciembre 2012 7 02 /12 /diciembre /2012 22:56

En la madrugada del domingo 18 de noviembre ha fallecido el sacerdote Luigi Villa, fundador de los “Operarios de María Inmaculada” y director de la publicación mensual Chiesa viva”. Don Villa nació en Lecco el 3 de febrero de 1918 y fue ordenado sacerdote el 28 de julio de 1942, en el Instituto misionero fundado por el Padre Comboni. En 1956 abandonó el Instituto religioso misionero y fue incardinado sucesivamente en las diócesis de Ferrara, Chieti y finalmente de Brescia, donde se estableció definitivamente. Doctor en Teología, fundador, ya en 1967, de la Editorial “Civiltà”, fue muy estimado en Roma durante el pontificado de Pío XII: en el primer Congreso Internacional de Estudios del Movimiento “Chiesa viva”, celebrado en Roma del 1° al 4 de octubre de 1974, Don Villa pudo contar, entre otros, no sólo con la participación de los Cardenales Ottaviani, Parente, Palazzini y Oddi, sino también de teólogos como el Padre Roschini, el Padre Fabro, el Padre Joseph de Sainte Marie (Salleron), el Abbé Luc Lefèvre (de la “Pensée Catholique”) y muchos otros, también extranjeros; sorprendentemente, recibió cartas de aliento incluso del Cardenal Vicario Poletti, y del Cardenal Seper. De hecho, aun situándose en la huella del Magisterio de Pío XII y criticando el posconcilio, Don Villa, desde las páginas de su revista “Chiesa Viva”, cuyo primer número se remonta a septiembre de 1971, permaneció por mucho tiempo entre quienes aceptaban tanto el Concilio Vaticano II como la reforma litúrgica y el nuevo misal, que él, entre otras cosas, continuó utilizando habitualmente; aun cuando su revista, perdiendo así apoyos y aprobaciones, comenzó a criticar cada vez más al propio Concilio y la reforma litúrgica. Cosa que hizo incluso denunciando la infiltración masónica en la Iglesia, como ya había hecho Don Putti con su revista quincenal anti-modernista “Sí Sí, no no” (publicación nacida en 1975, en Grottaferrata), pero pecando a menudo de una total falta de sentido crítico y de verificar las fuentes, echando así a veces el descrédito sobre lo que podría haber sido una batalla anti-masónica mucho más eficaz. Otra incoherencia que creemos ha minado la obra de Don Villa fue, como ya señalamos, la de atacar, con razón, al Vaticano II y sus reformas, pero permanecer al mismo tiempo en comunión con los autores de estas reformas, a los cuales él mismo denunció abiertamente en los últimos años, mientras permanecía –repitámoslo– inexplicablemente ligado al nuevo rito que sin embargo condenaba en sus escritos o en los de sus colaboradores.

No sabemos qué sucederá con las obras por él fundadas durante su largo apostolado terrenal, obras que en los últimos años le atrajeron la atención y el favor de muchos “sedevacantistas” extranjeros, ignorantes de las auténticas posiciones de Don Villa. Mirando hacia el pasado, a pesar de las inevitables críticas, no se puede ignorar una obra tan larga y valiente por parte de un sacerdote que, con la intención de defender la Fe, supo renunciar a los honores del mundo y a una fecunda y tranquila carrera eclesiástica. Por lo tanto, la revista “Sodalitium”, nacida recién en 1983, dirige un saludo respetuoso a uno de los pioneros de la defensa de la Tradición Católica en Italia, y recomienda a la piedad de todos sus lectores una oración en sufragio por el alma sacerdotal de Don Luigi Villa.

 

http://www.sodalitium.it/

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19 septiembre 2012 3 19 /09 /septiembre /2012 17:30

Ya hemos traído en Oblatio Munda algunos textos del gran místico franciscano Fray Juan de los Ángeles. En esta oportunidad, queremos tomar una extensa cita que él presenta desde San Agustín, respecto a uno de los principales enemigos de la vida espiritual, cual es el desordenado amor propio, y sus graves consecuencias no sólo para la propia alma, sino también en nuestras relaciones con el prójimo. Nuestro amor al prójimo es expresión de nuestro amor a Dios y a nosotros mismos: si tal amor no es sobrenatural, firme, bien fundado, sin dudas que dará lugar a todo tipo de desórdenes:

 

San Basilio dice: ‘Aquel es amante de sí que se ama con amor privado y demasiado’. Y para conocer este amor pone algunas señales. Pero con mayor claridad habla de él San Bernardo: ‘El amor carnal o propio es con que ante todas cosas el hombre se ama a sí mismo por sí mismo, porque aun no sabe sino a sí mismo (…) San Agustín, en libro II De Genes. ad litteram, diserta sobre el amor propio admirablemente, y en lo que viene a parar es en que es diámetro [opuesto], se opone a la caridad y le es contrario. Y, por consiguiente, es la mayor peste para el alma, porque la lleva hasta el menosprecio de Dios.

stos.jpgEste es aquel amor que ensucia la intención de los aprovechantes, y no sólo ensucia, sino que, cuanto es de su parte, totalmente la pervierte y la tuerce a sí, y hace algunas, y no pocas veces, que aunque lo que hacemos nos parezca que lo hacemos por amor de Dios, en el hecho de la verdad no a Dios, sino a nosotros, nos tengamos por blanco, sin buscar otra cosa en aquella acción que a nosotros mismos; y aunque también tengamos a Dios por fin y su gloria se nos represente, no es tanto eso cuanto nuestro provecho y gloria lo que nos mueve. Por lo cual digo que el amor propio siempre trae competencia con Dios acerca de la suma honra y primado del fin, queriendo uno y otro para sí; y aunque no alcanza a ser el fin de la intención del hombre y de sus acciones, es cosa certísima que cuanto él puede, aun en los varones espirituales, las ensucia con un contagio suyo. (…)

El que ninguna otra cosa que a sí mismo busca, esto es, su comodidad y gloria, mediante el amor propio, crece de manera en el apetito de ella que nunca se ve harto ni dice basta, semejante en esto al fuego y al infierno. Infinito, inmenso, insaciable le llama Santo Tomás. Y San Agustín cuenta los males que de este infame amor propio proceden. De él los cuidados mordaces que roen y atormentan el corazón; de él las perturbaciones, las tristezas, los miedos, los gozos desatinados, las discordias, las contiendas, las guerras, las asechanzas, las iras, las enemistades, los engaños, la adulación, el hurto, la perfidia, la soberbia, la ambición, la envidia, los homicidios y parricidios; la crueldad, la tiranía, la maldad, la lujuria, la petulancia, la desvergüenza, las fornicaciones, los adulterios, los incestos, los estupros y los demás géneros o diferencias de vicios sensuales; los sacrilegios, las herejías y blasfemias; los perjurios, las opresiones de pobres, las calumnias de los inocentes, las circunvenciones o pleitos en juicio; las prevaricaciones de las leyes todas, humanas y divinas; los testimonios falsos, los juicios perversos, las violencias y latrocinios y todo lo que de mal puede haber, aunque no se haya visto en el mundo ni venido en conocimiento de los hombres. Hasta aquí San Agustín. Y yo digo que maldito sea padre de familia tan mala”.

 

(Extraído del “Manual de vida perfecta”, de Fray Juan de los Ángeles; en “Místicos Franciscanos Españoles”, B.A.C., 1949, págs. 583-584).

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19 septiembre 2012 3 19 /09 /septiembre /2012 17:07

Primera parte

 

En el Evangelio de San Lucas (11, 1-4) aparece una de las escenas más famosas del Nuevo Testamento: aquella en la cual los discípulos piden a Nuestro Señor que les enseñe a orar, y el Maestro les recita la oración distintiva de todo cristiano: el Padrenuestro. Muchos católicos rezan varios, decenas quizás de Padrenuestros al día, y sin embargo no alcanzan a ver las maravillas que en esta oración se esconden. Acostumbrados a la recitación mecánica, no se detienen a contemplar el sentido profundo de las palabras que esta oración encierra: “espántame ver que en tan pocas palabras está toda la contemplación y perfección encerrada, que parece no hemos menester otro libro, sino estudiar en éste”, dice Santa Teresa de Jesús.

 

sdom.jpgEn Oblatio Munda queremos entonces acercar a nuestros lectores la explicación que Santo Tomás trae en su Suma Teológica sobre las diversas partes del Paternóster; explicación característica del Doctor Angélico, por su sencillez, y al mismo tiempo por su gran profundidad.

 

La oración del Señor es perfectísima –comienza Santo Tomás– porque, como dice San Agustín, si oramos recta y congruentemente, nada absolutamente podemos decir que no esté contenido en esta oración. Porque como la oración es como un intérprete de nuestros deseos ante Dios, solamente podemos pedir con rectitud lo que rectamente podemos desear. Ahora bien: en la oración dominical no sólo se piden todas las cosas que rectamente podemos desear, sino hasta por el orden mismo con que hay que desearlas; y así esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que informa y rectifica todos nuestros afectos y deseos”.

 

En esta primera entrega sobre “El Padrenuestro”, revisaremos las dos primeras peticiones de la oración dominical, que encierran el fin último y el fin inmediato de la vida cristiana: la gloria de Dios, y la santificación de la propia alma:

 

Es cosa clara que lo primero que hay que desear es el fin –explica el Doctor Angélico– y después, los medios para llegar a él. Ahora bien: nuestro fin es Dios. Y hacia Él tienden nuestros afectos de dos maneras; la primera, en cuanto queremos la gloria de Dios; la segunda, en cuanto queremos gozar de ella. La primera pertenece al amor con que amamos a Dios en sí mismo; la segunda corresponde al amor con que nos amamos a nosotros en Dios. Y por eso la primera petición del Padrenuestro es santificado sea tu nombre, por la cual pedimos la gloria de Dios; y la segunda es venga a nosotros tu reino, por la cual pedimos llegar a la gloria de su reino, esto es, alcanzar la vida eterna” (1).

 

Aparecen entonces, en el orden del Paternóster, primeramente el doble fin de la vida cristiana: el fin último que es la gloria de Dios, y el fin próximo que es la propia santificación.

Por el primero, pedimos para Dios que Su nombre sea loado, alabado, glorificado en fin y verdaderamente por todas las creaturas. Dios, en su infinita bondad y amor rebosante, ha querido participar su perfecta Verdad, Belleza y Bien con sus creaturas; y en la perfección, en el orden, en la armonía de la creación, ésta glorifica al Creador, como un canto maravilloso que se eleva al Cielo desde las honduras de la tierra: en el conjunto armónico de los elementos, de los minerales, de las plantas, de los animales y del hombre, como rector y señor de la creación, el Cielo contempla extasiado la virtud finísima de Dios, como Artista de tales hermosuras. ¡Aleluya!Alabadle, sol y luna, alabadle todas, lucientes estrellas”; “Alaben el nombre de Yavé, porque Él lo dijo y fueron hechos” (Salmo 148). El mundo es una obra de arte delicada que ha nacido de las manos de Dios: las horribles manchas y sombras que en ese lienzo podemos descubrir, son efectos del triste pero real misterio del mal; de la acción maléfica de Satanás y sus ángeles, y de la herida mortal que el pecado original y actual ocasiona en el espíritu del hombre.

De aquí surge claramente la necesidad de la propia santificación, como el fin inmediato de la vida cristiana, aunque subordinado a la glorificación de Dios: “en hacer tu voluntad, ¡Dios mío!, tengo mi complacencia, y dentro de mi corazón está tu Ley” (Salmo 40, 9).

El Señor ha querido en el plan de Su Providencia, ser exultado en la contemplación de los justos, de los santos. Muchas veces hallamos en las Sagradas Escrituras la palabra “justicia”, empleada como sinónimo de santidad. Así, una de las ocho bienaventuranzas dice “bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia (esto es, de santidad), porque ellos serán saciados” (Mateo 5, 6).

Éste debe ser el hambre, la sed constante del cristiano; “como anhela la cierva las corrientes aguas, así te anhela a ti mi alma, ¡oh Dios!” (Salmo 42, 2).

 

(1) Para una mejor comprensión de este párrafo, invitamos al lector a revisar el artículo ya publicado en Oblatio Munda, titulado “El fin de la vida cristiana, glorificación de Dios y santificación del alma”.

 

Segunda parte

 

Continuamos en la exposición del Padrenuestro, siguiendo la enseñanza de Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico. En la primera parte, habíamos visto el doble fin de la vida cristiana, que ya aparece en las primeras dos intenciones del Paternóster: la gloria de Dios (“santificado sea tu nombre”), y la propia santificación (“venga a nosotros tu reino”). Continúa Santo Tomás:

 

Al fin que acabamos de decir nos puede ordenar algo de dos maneras: directa o indirectamente. Directamente (per se) nos ordena el bien que sea útil al fin. Y este bien puede ser de dos maneras; primaria y principalmente, nos ordena al fin el mérito con que merecemos la bienaventuranza eterna obedeciendo a Dios, y por esto se ponen aquellas palabras: hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo; secundaria e instrumentalmente, todo aquello que puede ayudarnos a merecer la vida eterna, y para esto se dice: el pan nuestro de cada día dánosle hoy. Y esto es verdadero tanto si se entiende del pan sacramental, cuyo uso cotidiano es muy provechoso al hombre (y en el que se comprenden todos los demás sacramentos), como si se entiende del pan material, significando con ese pan todas las cosas necesarias para vivir; porque la Eucaristía es el principal sacramento, y el pan material es el principal alimento”.

 

contempl_cr.jpgEn esta segunda parte, nos referimos a los medios por los cuales podemos alcanzar los fines antes mencionados. Así, vemos que existe un medio principal, directo, por el cual glorificar a Dios y santificar nuestras almas. Este medio es sencillamente, el cumplimiento de Su voluntad: “hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. No podemos hallar mejor ejemplo de esta sumisión incondicional a Dios y Su Plan, que aquel de María Santísima, Madre de Dios, cuando el Ángel se le aparece para anunciarle la buena nueva de la Encarnación, y Ella, turbada quizás ante el gran misterio que se le revelaba; conmovida sin dudas por tan grande determinación, pues en Ella reposaba el destino del género humano; en la Virgen de Nazaret se resolverían las profecías mesiánicas y salvíficas; en Ella tomaría carne el Verbo Divino, y por Él sería perdonado el hombre, elevado a la filiación divina como heredero de Dios, y serían reabiertas las puertas del Cielo… y es ésta sublime creatura, la Virgencita de la casa de David, que dijo “Fiat”, “hágase en mí, según tu palabra”… (Lucas 1, 38).

 

Los ojos del Señor están puestos sobre los que le aman”; “guarda contra el tropiezo, auxilio contra la caída. Eleva el alma y alumbra los ojos, da la salud, la vida y la bendición” (Eclesiástico 34, 19-20). El medio secundario, indirecto para alcanzar los fines de la vida cristiana, será aquel que se encierra en la frase: “el pan nuestro de cada día dánosle hoy”. Qué maravilloso contemplar la sencillez y la confianza de esta petición. Porque no pedimos riquezas ni honores, que muchas veces son más obstáculos para la santidad, que medios para la virtud: “no me des ni pobreza ni riquezas; dame aquello de que he menester” (Proverbios 30, 8); sino que rogamos a Dios por lo necesario, por lo indispensable, tanto para la vida espiritual, en el pan simbólico que figura al Pan Celestial, al Pan de los Ángeles, al Santísimo Sacramento: “Yo soy el Pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan vivirá para siempre, y el pan que Yo le daré es mi carne” (Juan 6, 51); pero también para la vida terrenal, pidiendo el pan nutricio, el alimento que es la alegría del pobre y del necesitado; ejemplo para las almas cegadas por las fantasías y la vanidad del mundo actual: “vanidad de vanidades; todo es vanidad. ¿Qué provecho saca el hombre de todo por cuanto se afana debajo del sol?” (Eclesiastés 1, 2-3).

Y aún más debiéramos sorprendernos. Porque en la petición del pan cotidiano, se encierra otro gran misterio de la vida espiritual, y es aquel del santo abandono a la Divina Providencia:buscad primero el reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. No os inquietéis, pues, por el mañana… bástale a cada día su propio afán” (Mateo 6, 33-34). Es en torno a este hermoso pasaje del Evangelio, que Nuestro Señor ensalza y admira la obra de la Providencia, cuando viste a las florecillas del campo, y alimenta a los pajaritos con todo candor y constancia… si así hace Dios con la hierba del campo, “¿no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?” (Mateo 6, 30).

 

Tercera parte

 

En esta última parte de la exposición que venimos presentando en Oblatio Munda sobre el Paternóster, conforme a la enseñanza de Santo Tomás, veremos las últimas peticiones que la oración dominical encierra, procurando desentrañar su sentido y así invitar a los fieles a una oración más meditada; los fieles católicos deben crecer en el espíritu confiado en ese diálogo abierto con Dios, cual es la oración íntima del alma.

Ya hemos visto los fines y medios que conforman la vida cristiana: santificar a Dios y ansiar la venida de su reino; cumplir su voluntad, y esperar nuestro pan cotidiano. Veremos ahora la parte final del Padrenuestro, que refiere a los obstáculos que nos impiden la consecución de esos fines, o la buena utilización de esos medios:

 

sdom_2.jpgIndirectamente (per accidens) nos ordenamos a la bienaventuranza removiendo los obstáculos que nos la podrían impedir. Tres son estos obstáculos: el primero y principal es el pecado, que nos excluye directamente del reino de los cielos y por esto decimos perdónanos nuestras deudas. El segundo es la tentación, que es como la antesala del pecado y puede impedirnos el cumplimiento de la divina voluntad, y por esto añadimos no nos dejes caer en la tentación. El tercero, finalmente, lo constituyen todas las demás calamidades de la vida que pueden perturbar nuestra alma, y para ello decimos líbranos de todo mal”.

 

En efecto, “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (I Juan 1, 8). Ahora bien: es el mismo Jesucristo quien nos adelanta la misericordia divina, no sólo en sus parábolas, por ejemplo en aquellas de la oveja descarriada, de la dracma perdida, o del hijo pródigo (Lucas 15), sino en su mismo obrar, cuando remite los pecados de María Magdalena, arrojada a sus divinos pies: “se le han perdonado sus muchos pecados, puesto que ha amado mucho… Tu fe te ha salvado, vete en paz” (Lucas 7, 47-50).

Luego está el obstáculo de las tentaciones, sobre las cuales debe estar advertido todo cristiano, esperándolas en la confianza de Dios, que jamás las ocasiona, sino sólo las permite para obrar en nuestras almas un mayor bien, pues que “la tentación prueba al justo, como el fuego al hierro”, según Tomás de Kempis en la “Imitación de Cristo” (Libro I, Cap. 13, 5), y lo cual advierte Santo Tomás al decir que Dios no incita al mal a los pecadores obstinados, sino que sencillamente retira de ellos su gracia, conforme aquello de San Pablo: “de modo que de quien Él quiere, tiene misericordia; y a quien quiere, le endurece” (Romanos 9, 18). “Por esta misma razón –comenta Monseñor Juan Straubinger– pedimos en la sexta petición del Padrenuestro: “y no nos dejes caer (literalmente: no nos introduzcas) en la tentación”.

Y para terminar este Paternóster comentado, valga la cita de uno de los Salmos del Rey Profeta David:  

Líbrame, Yavé, del hombre malo;

defiéndeme del hombre violento,

de esos que en su corazón

maquinan cosas perversas,

que provocan contiendas cada día

(Salmo 139)

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11 junio 2012 1 11 /06 /junio /2012 14:58

fete dieuLa pequeña hostia blanca será una semilla: arrojada a los cuatro vientos producirá toda una floración divina.

Y desfila ante los ojos de Cristo el innumerable ejército de los mártires. En ellos la semilla divina germina heroísmos de sangre. Embriagados con la Sangre de Cristo han exclamado: ¡Sangre por sangre! ¡También nuestro corazón es un cáliz desbordante –Hic est calix sanguinis mei– que nuestra sangre se derrame para testificar que eres nuestro Dios, para proclamar que eres nuestro Rey!

Y luego la casta teoría de las almas puras, hermosas en el esplendor de su claridad. En ellas la semilla divina germina pureza y su corazón virgen conserva para Cristo, en medio de un mundo que se corrompe y se degrada, la frescura del amor primero.

Y la falange intrépida de los misioneros dejándolo todo –patria, amigos, familia– para sembrar hostias consagradas en nuevos corazones; atravesando los mares para levantar nuevos sagrarios, siquiera sea al abrigo de pobre techo pajizo.

De la hostia santa ve Cristo nacer la caridad en todas sus formas, con todos sus prodigios, hasta la meta del supremo heroísmo: el sacrificio de la propia vida. La ve conservándole al niño su candor y al joven su pureza, llenando de abnegación el corazón de la madre cristiana, rehabilitando al caído y dando serenidad divina a la ancianidad, consolando tantos dolores, pacificando tantas agonías y derramando luz de divina esperanza sobre tantas separaciones y sobre tantos sepulcros…

Y vio la gloria secreta de esas noches de adoración con los sacrificios que supone y las intimidades que provoca, y la gloria manifiesta de sus triunfos eucarísticos: la hostia santa, en magníficos relicarios, paseada en triunfo a través de los centros más populosos, doblándose tantas rodillas e inclinándose tantas frentes y derramando lágrimas tantos ojos…

Y ya no vaciló… lumbre divina irradió en sus ojos, ternura incomparable iluminó su rostro, temblaron de emoción sus labios, y entreabriéndose por fin, dejaron caer estas palabras que realizaron el prodigio: “Tomad y comed: ÉSTE ES MI CUERPO…”

 

Alma eucarística que esto lees, en verdad, en verdad te digo: Jesús pensó en ti en aquella hora, Jesús tuvo presente ante su mirada tu alma querida, Jesús comprendió que sin esa hostia santa que adoras, sin esa pequeña hostia blanca que recibes cada mañana, te sentirías muy sola en tu destierro… sabía que tu corazón sufriría hambre de amor, que padecería nostalgias de cielo… que en el camino de la vida tendrías tantos sinsabores y bajo apariencias que engañan llevarías ocultas tantas amarguras… Y por ti, para no dejarte huérfana, para que tuvieras un corazón amigo que te comprendiera, para que en él vaciaras la amargura rebosante del tuyo, Jesús pasó por todos los sacrilegios y profanaciones e ingratitudes, y en aquella noche por ti – ¡óyelo bien! –, por ti instituyó la Eucaristía y por ti se quedó en esa pequeña hostia blanca que en tu corazón albergas cada mañana… ¿Comprendes ahora, alma querida, cuánto te ama el Cristo del Cenáculo y de la Eucaristía?

 

(Extraído de “La Eucaristía, del P. José Guadalupe Treviño, Misionero del Espíritu Santo, México, 1942, págs. 169-172).

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7 marzo 2012 3 07 /03 /marzo /2012 11:08

mil_mi_1.jpgEl sitio Oblatio Munda, enteramente consagrado a la oración por los sacerdotes, religiosos y comunidades “non una cum”, quiere ser como un vínculo espiritual entre los grupos para atraer las bendiciones de Nuestro Señor.

 

Todos los corazones deberían ser uno en la Verdad por la Caridad del Corazón de Jesús.

 

Formamos parte de la Iglesia, la cual ha nacido de la herida del Corazón de Jesús. Actualmente, la Iglesia atraviesa una “crisis” sin precedente, siendo huérfana de pastor. Si verdaderamente amamos a la Iglesia, nuestra Madre, debemos sufrir de verla ultrajada y hacer todo lo que esté en nuestro poder por defenderla.

 

Debemos, por una parte, desear ardientemente su triunfo y, por otra parte, formando parte del mismo Cuerpo Místico, profesando la misma fe, combatiendo el mismo combate sin compromiso con el error, comulgando de la misma Víctima, el Cordero Inmaculado, debemos estar unidos en la misma Caridad. No solamente esta Caridad que es el estado de gracia, el amor de Dios, sino la Caridad efectiva para con el prójimo, en nuestros pensamientos, palabras y acciones. Esta Caridad que es buena, dulce, paciente, humilde, prudente.

 

Es por esto que, hace algunas semanas, hemos propuesto a los sacerdotes que ofrecen la Oblatio Munda celebrar graciosamente una misa por el triunfo de la Santa Iglesia, y la unidad en la Caridad de todos los fieles que profesan íntegramente la Fe Católica.

 

Agradecemos a todos los que rezan por estas intenciones, y particularmente a Mons. Stuyver, al Padre Mercier O.S.B., a Mons. Dolan, y a los Padres Ércoli, Tritek y Grossin.

 

Así entonces, esta misa será celebrada por estas dos intenciones una vez por mes, y cada vez por un sacerdote diferente, sin fecha fija.

 

La celebración organizada de esta misa comenzará en el mes de abril próximo y terminará en el mes de enero próximo.

 

Proponemos a los fieles que deseen unirse espiritualmente a esta misa mensual, que reciten cada día tres Ave Marías por dichas intenciones.

 

Puedan nuestras oraciones, nuestras obras de caridad, unidas a la Oblatio Munda de Nuestro Salvador, acelerar el triunfo de la Santa Iglesia y el Reino del Sagrado Corazón de Jesús por el Corazón Inmaculado de María.

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8 febrero 2012 3 08 /02 /febrero /2012 23:10

est_com.jpgEl principio de la sabiduría es el temor del Señor”, dice el Salmo 110. Y a propósito, hallamos en el “Manual de vida perfecta” de Fray Juan de los Ángeles, monje franciscano que vivió durante el siglo de oro español, la transcripción de un texto profundísimo de San Bernardo, respecto al temor que debemos guardar ante el misterio de la gracia divina. He aquí las palabras del gran Abad cisterciense:

En verdad he deprendido que para retener y recuperar la divina gracia, ninguna cosa hay tan eficaz como hallarte en todo tiempo delante de Dios humilde, que temas y que no sepas altamente; porque se escribe: ‘Bienaventurado el varón que siempre está con miedo’ (Proverbios 28, 14). Teme, pues, cuando perdieres la gracia; teme cuando ella se fuere; teme cuando de nuevo volviere, que esto es estar siempre temeroso. Estos tres temores han de asistir continua y sucesivamente en el alma.

Cuando la gracia está presente, teme, si acaso no obras conforme a ella. ‘Videte (inquit Paulus) ne in vacuum gratiam Dei recipiatis’ (II Corintios 6, 1). [Ved que no hayáis recibido en vano la gracia de Dios]. Y si se retirase y ausentare, ¿por ventura hace de temer entonces más? Sin duda ha de ser así, porque allí adonde te falta la gracia, desfalleces y faltas tú. Teme, pues, quitada la gracia, como hombre que luego has de caer; teme y tiembla delante de Dios airado contra ti, como lo sientes. Teme, porque te dejó tu custodia, y no dudes de que la soberbia sea la causa de esto, aunque no se descubra, aunque no halles en ti ocasión alguna; porque lo que tú no sabes, sabe Dios, y el que te juzga, Dios es. ¿Por ventura quitará la gracia ya concedida al humilde el que se la promete y concede a los humildes? Luego argumento es de soberbia la privación de la gracia. Aunque algunas veces se quita la gracia de la consolación o se retrae, no por la soberbia que ya es, sino por la que ha de ser, si no se quita; como se le quitó a San Pablo, dándole el estímulo de la carne para que no se ensoberbeciese”. Y concluye el santo diciendo: “Bienaventurado serás si llenares tu corazón de este tres doblado temor; que temas mucho por la gracia recibida, mucho más por la perdida y mucho por la recobrada”.

 

(Extraído del “Manual de vida perfecta, de Fray Juan de los Ángeles; en “Místicos Franciscanos Españoles, B.A.C., 1949, págs. 536-537).

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20 enero 2012 5 20 /01 /enero /2012 10:15

Un axioma filosófico dice que el fin es lo primero en la intención, pero lo último en la ejecución. Es decir, que toda acción, todo movimiento, se ordena primero a un objeto determinado, el cual es ciertamente lo último en ser obtenido: cuando se alcanza el fin, se acaba el movimiento. Por otra parte, la teología católica enseña que los hombres, mientras vivimos en este mundo, somos viatores, esto es, transeúntes, por lo cual significa la idea de que la vida sobre la tierra es un paso hacia la vida eterna en la Patria celestial. En este arduo, aunque breve camino que es la vida terrena (“cuatro días tenemos de vida, decía San Alfonso María de Ligorio, y de lo que se trata es de saber utilizarlos”), los hombres conquistamos méritos y deméritos, conforme a nuestras buenas y malas obras, y los cuales serán justipreciados en el día de nuestro juicio particular, cuando Nuestro Señor dicte sobre nosotros la sentencia de nuestra suerte eterna.

Los méritos, entonces, son los medios que debemos acopiar, para conquistar el fin de nuestra vida. Y ese fin de la vida cristiana, no es otro que la glorificación de Dios, y la santificación de nuestra alma. Revisemos brevemente ambos puntos.

 

Glorificación de Dios

 

01Éste es el fin último y absoluto de la vida cristiana; todo en nuestras vidas debe ordenarse a la gloria de Dios Uno y Trino; del Dios que es Creador, Redentor, y Santificador en la trinidad de Personas, pero en la unidad de Substancia. Podemos distinguir aquí, por una parte, la gloria intrínseca de Dios, que se manifiesta en la comunicación interior entre las tres Personas Divinas: el Padre engendra al Hijo, Imagen eterna y perfecta del Genitor, el cual se complace en Él, y de la contemplación amorosa entre el uno y el otro, procede una tercera Persona, que es el Espíritu Santo. En este movimiento de amor y contemplación supremos, Dios goza de Sí mismo infinitamente. Así, la gloria de Dios ya era plena e infinita antes de la Creación.

Pero “Dios es Amor” (Juan 4, 16); Dios es el Bien infinito, y el bien es difusivo de sí mismo, bonum diffusivum sui, enseña la filosofía. Entonces Dios, por un acto enteramente libre de Su voluntad, deseó comunicar su bondad a las creaturas, creando el tiempo y el espacio, y poblándolos con todos los seres que ocupan el universo; entre ellos, el hombre, creatura predilecta de Dios. Por el hombre, para su salvación, Dios se hizo Hombre, en la Persona Santísima de Nuestro Señor Jesucristo. Entonces ya podemos ver cuál será la gloria extrínseca de Dios: será aquella que proviene de la perfección de las creaturas; aquella gloria que se alza ante Dios desde lo más recóndito de la creación, en cada ser que actúa conforme al concierto ordenado de causas y efectos maravillosos que Dios ha dispuesto desde la gloriosa semana que el Génesis nos relata en su primer capítulo. Podemos entonces concluir desde aquí, que si las creaturas dan gloria extrínseca a Dios, conforme a sus proporcionados grados de ser y de obrar, entonces la creatura por excelencia, glorificará mayormente a Dios: el hombre.

 

Santificación del alma

 

02¿Cómo glorifica a Dios el hombre? ¿Cuál es el medio más adecuado, si no el único, del cual disponemos para dar gloria al Creador? Ese medio es la propia santificación, que a su vez constituye el fin próximo y relativo de la vida cristiana. Un Obispo argentino supo decir acertadamente que “el hombre no puede perfeccionarse sin glorificar a Dios, y Dios no puede ser glorificado por el hombre sino por la perfección de éste. Ahora bien, ¿qué hombre ha habido sobre la tierra, más grande que Jesucristo, Hijo de Dios? Él, que no fue creado, sino engendrado del Padre, es el modelo de la vida cristiana, porque toda su vida fue una incesante manifestación de la perfección y bondad divinas. Se hizo Hombre para salvarnos obteniendo la remisión universal de nuestros pecados: pero también para presentarse como modelo de virtud y santidad, para que en Él podamos inspirar todos nuestros pensamientos, todas nuestras palabras, todas nuestras obras. Se ha dicho que la santidad consiste en la unión con Dios por el amor; o en la perfecta conformidad con Su divina voluntad. Ambas cosas son verdaderas, y sin embargo todavía es más acertada aquella otra definición clásica de santidad: la santidad consiste en nuestra plena configuración con Cristo. Christianus, alter Christus, el cristiano debe ser otro Cristo sobre la tierra; los cristianos debemos tender constantemente a imitar las virtudes de Cristo, combatiendo nuestras debilidades y flaquezas que nos son naturales, y que sin embargo deben ser vencidas con el auxilio de la gracia sobrenatural, el cual auxilio no es negado a nadie, y al contrario, suficientemente dado a todos. Dios es pródigo en la dádiva de gracias eficaces, que son las inspiraciones interiores y efectivas, que Dios produce en nuestra alma para motivarnos a obrar sobrenaturalmente. “Nadie puede hacer un mayor esfuerzo sobrenatural, si no ha recibido una mayor gracia de Dios, enseña Santo Tomás. De aquí la importancia fundamental de la vida de oración, de la sólida vida espiritual, que es el único modo de disponer nuestras almas a estos constantes “soplos divinos” que el Espíritu Santo no cesa de enviarnos: “Spiritus ubi vult spirat”, el Espíritu sopla donde quiere, dice el Evangelio (Juan 3, 8).

El buen cristiano debe aspirar a la santidad, como medio para glorificar a su Dios; el buen cristiano ha de decir a cada momento en el interior de su alma: “sólo mora en este monte, la honra y gloria de Dios” (San Juan de la Cruz).

 

(Basado en el libro “Teología de la perfección cristiana, del P. Antonio Royo-Marín O.P., Madrid, 1955).

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20 enero 2012 5 20 /01 /enero /2012 10:03

s agDios, separarse de Ti es caer,

convertirse a Ti levantarse;

permanecer en Ti es estar firme;

Dios, alejarse de Ti es morir,

volver a Ti revivir,

habitar en Ti, vivir.

Dios, a quien nadie puede perder sino engañado,

a quien nadie busca, sino amonestado,

a quien nadie encuentra, sino purificado.

Dios, abandonarte es morir,

seguirte es amar,

verte, poseerte.

Dios, a quien nos impulsa la Fe,

levanta la Esperanza,

une la Caridad.

Dios, que por obra tuya no perezcamos totalmente.

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20 enero 2012 5 20 /01 /enero /2012 09:05

001 StemmaMgr2002-2012: décimo aniversario de la

 consagración de Mons. Geert Stuyver

 

El 16 de enero de 2002, Mons. McKenna (O.P.) confería la consagración episcopal a Mons. Geert Stuyver en Verrua Savoia (Italia).
En ocasión de este aniversario, los invitamos a rezar por Mons. Geert Stuyver y todos los obispos que profesan íntegramente la fe católica. Para todos nosotros es un deber de piedad filial.

 

http://www.sodalitium.eu/

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Oblatio Munda

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«Es necesario que perdure sobre la tierra

la Oblación pura, la Oblatio munda.

Algunos me atribuyen la intención de querer

“salvar a la Iglesia”. Por el contrario, rechazo asociarme

con quienes manifiestan este propósito “in directo”.

Ya que, solo Dios, solo Jesús salvará a Su Iglesia

con el Triunfo de Su Madre. De eso estoy seguro,

aunque ignoro el “cómo”.

En cambio, estimo un deber todo sacrificio, hacer

todo lo que esté en mi poder para que perdure sobre

la tierra la Oblatio munda».

Mons. Guérard des Lauriers

(Sodalitium n° 13, marzo 1988)

  Spiritual Father of Sedevacantsm

«Yo no me ordené para cometer sacrilegios».

Padre Joaquín Sáenz y Arriaga, S.J.

 

p.barbara

«El deber de defender la Misa es

un honor y una gracia».

Padre Noël Barbara 

 

vinson«¡Tenemos un faro de verdad, y es Roma!

Seamos apasionados de Roma.

Tengamos por cierto que aquel que no

tiene afección por Roma ya cayó en el error;
y que no se puede caer en un error
(fundamental, grave) sin que falte
afección por Roma. Pidamos este amor
por la Verdad y por la Iglesia».
Padre Georges Vinson

  

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