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19 septiembre 2012 3 19 /09 /septiembre /2012 17:30

Ya hemos traído en Oblatio Munda algunos textos del gran místico franciscano Fray Juan de los Ángeles. En esta oportunidad, queremos tomar una extensa cita que él presenta desde San Agustín, respecto a uno de los principales enemigos de la vida espiritual, cual es el desordenado amor propio, y sus graves consecuencias no sólo para la propia alma, sino también en nuestras relaciones con el prójimo. Nuestro amor al prójimo es expresión de nuestro amor a Dios y a nosotros mismos: si tal amor no es sobrenatural, firme, bien fundado, sin dudas que dará lugar a todo tipo de desórdenes:

 

San Basilio dice: ‘Aquel es amante de sí que se ama con amor privado y demasiado’. Y para conocer este amor pone algunas señales. Pero con mayor claridad habla de él San Bernardo: ‘El amor carnal o propio es con que ante todas cosas el hombre se ama a sí mismo por sí mismo, porque aun no sabe sino a sí mismo (…) San Agustín, en libro II De Genes. ad litteram, diserta sobre el amor propio admirablemente, y en lo que viene a parar es en que es diámetro [opuesto], se opone a la caridad y le es contrario. Y, por consiguiente, es la mayor peste para el alma, porque la lleva hasta el menosprecio de Dios.

stos.jpgEste es aquel amor que ensucia la intención de los aprovechantes, y no sólo ensucia, sino que, cuanto es de su parte, totalmente la pervierte y la tuerce a sí, y hace algunas, y no pocas veces, que aunque lo que hacemos nos parezca que lo hacemos por amor de Dios, en el hecho de la verdad no a Dios, sino a nosotros, nos tengamos por blanco, sin buscar otra cosa en aquella acción que a nosotros mismos; y aunque también tengamos a Dios por fin y su gloria se nos represente, no es tanto eso cuanto nuestro provecho y gloria lo que nos mueve. Por lo cual digo que el amor propio siempre trae competencia con Dios acerca de la suma honra y primado del fin, queriendo uno y otro para sí; y aunque no alcanza a ser el fin de la intención del hombre y de sus acciones, es cosa certísima que cuanto él puede, aun en los varones espirituales, las ensucia con un contagio suyo. (…)

El que ninguna otra cosa que a sí mismo busca, esto es, su comodidad y gloria, mediante el amor propio, crece de manera en el apetito de ella que nunca se ve harto ni dice basta, semejante en esto al fuego y al infierno. Infinito, inmenso, insaciable le llama Santo Tomás. Y San Agustín cuenta los males que de este infame amor propio proceden. De él los cuidados mordaces que roen y atormentan el corazón; de él las perturbaciones, las tristezas, los miedos, los gozos desatinados, las discordias, las contiendas, las guerras, las asechanzas, las iras, las enemistades, los engaños, la adulación, el hurto, la perfidia, la soberbia, la ambición, la envidia, los homicidios y parricidios; la crueldad, la tiranía, la maldad, la lujuria, la petulancia, la desvergüenza, las fornicaciones, los adulterios, los incestos, los estupros y los demás géneros o diferencias de vicios sensuales; los sacrilegios, las herejías y blasfemias; los perjurios, las opresiones de pobres, las calumnias de los inocentes, las circunvenciones o pleitos en juicio; las prevaricaciones de las leyes todas, humanas y divinas; los testimonios falsos, los juicios perversos, las violencias y latrocinios y todo lo que de mal puede haber, aunque no se haya visto en el mundo ni venido en conocimiento de los hombres. Hasta aquí San Agustín. Y yo digo que maldito sea padre de familia tan mala”.

 

(Extraído del “Manual de vida perfecta”, de Fray Juan de los Ángeles; en “Místicos Franciscanos Españoles”, B.A.C., 1949, págs. 583-584).

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