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8 junio 2012 5 08 /06 /junio /2012 10:34

orac.jpgPedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre” (Mateo 7, 7-8). Estas palabras del Evangelio debieran ser más recordadas por los fieles católicos: nos confirman en la certeza de que cuanto pidiéremos con la debida Fe, Dios nos lo dará. “Todo cuanto pidiereis en la oración lo recibiréis”, dice Nuestro Señor (Mateo 21, 22).

Ahora bien: ¿cuáles son los alcances de estas promesas? Porque, evidentemente, no puede Nuestro Señor prometernos algo que no cumplirá; como tampoco puede obligarse a cumplir, si lo que pedimos no fuera bueno para nuestras almas. Él desea nuestra santificación, y nosotros debemos desear Su glorificación. Entonces, ¿cuál es el rol de la oración impetratoria, es decir, de “petición”?

 

El teólogo Antonio Royo-Marín O.P., dominico español, afirma en su “Teología de la perfección cristiana” una conclusión certísima: “la oración, revestida de las debidas condiciones, obtiene infaliblemente lo que pide en virtud de las promesas de Dios”; y luego pasa a probar esta tesis, fundándola en la sana doctrina de Santo Tomás, según el cual hay cuatro condiciones necesarias para que nuestra oración impetratoria sea infalible, es decir, consiga de manera firme y cierta los dones que pedimos a Dios para el bien de nuestras almas. Estas condiciones son:

 

1) Pro se petat: Esto es, que en la oración se pida por uno mismo. Y la razón es porque la concesión de una gracia divina requiere de un sujeto dispuesto a recibirla; y de esto no podemos tener certeza respecto a nuestros prójimos, quienes podrían estar en mala disposición ante el influjo de la gracia de Dios; mientras que, orando por nosotros mismos, nos disponemos ya por ese mismo hecho a ser oídos por Dios. Esto no quiere decir, por supuesto, que no deba rezarse por el prójimo: al contrario, es obra de gran virtud y mérito, mediante la cual podemos incluso pedir a Dios que remueva los obstáculos que estén privando a un alma de recibir las gracias del Cielo. Pero por la razón antes dicha, no podemos tener certeza de que esa alma dejará de resistir a Dios, disponiéndose humildemente a hacer Su voluntad.

2) Necessaria ad salutem: Esto es, que la oración refiera a algo útil o necesario para la salvación de nuestra alma. Así, podemos pedir las gracias eficaces para crecer en las virtudes teologales y morales, o en los dones del Espíritu Santo; o pedir la importantísima gracia de la perseverancia final, que el Santo Concilio de Trento definió como un “gran y especial don”; gracia que puede ser invocada conforme a la hermosa devoción de la “Asociación de Amor a María Santísima”, que en Oblatio Munda hemos presentado.

3) Pie: Esto es, que la oración debe revelar la piedad del orante, lo cual implica a su vez estas cuatro condiciones: humildad; firme confianza en Dios; pedir en nombre de Cristo; y atención durante la oración, evitando las distracciones voluntarias.

4) Perseveranter: Esto es, se debe perseverar resueltamente en la oración, hasta obtener de Dios ese bien útil o necesario para la salvación de nuestras almas. El mejor ejemplo que ilustra esta condición es la parábola del amigo inoportuno, que pide una y otra vez los tres panes, hasta que el dueño de casa, ya cansado, decide dárselos (Lucas 11, 5-13). Dios no nos rehusará nunca aquello que pidamos para alcanzar nuestra santificación y Su glorificación.

 

Considerando estas cuatro condiciones, y la necesidad imperante de la oración, que nunca será suficientemente recordada ante el pueblo católico, imitemos el ejemplo de Nuestro Señor, quien “oraba a Dios durante toda la noche” (Lucas 6, 12); y cuando en la noche oscura del Getsemaní, “lleno de angustia, oraba con más instancia” (Lucas 22, 44). Podemos tener la certeza, conforme a las promesas de Nuestro Señor, que seremos escuchados.

 

(Basado en el libro “Teología de la perfección cristiana”, de Antonio Royo-Marín O.P., Madrid, 1955).

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«Es necesario que perdure sobre la tierra

la Oblación pura, la Oblatio munda.

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con quienes manifiestan este propósito “in directo”.

Ya que, solo Dios, solo Jesús salvará a Su Iglesia

con el Triunfo de Su Madre. De eso estoy seguro,

aunque ignoro el “cómo”.

En cambio, estimo un deber todo sacrificio, hacer

todo lo que esté en mi poder para que perdure sobre

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(Sodalitium n° 13, marzo 1988)

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