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19 septiembre 2012 3 19 /09 /septiembre /2012 17:07

Primera parte

 

En el Evangelio de San Lucas (11, 1-4) aparece una de las escenas más famosas del Nuevo Testamento: aquella en la cual los discípulos piden a Nuestro Señor que les enseñe a orar, y el Maestro les recita la oración distintiva de todo cristiano: el Padrenuestro. Muchos católicos rezan varios, decenas quizás de Padrenuestros al día, y sin embargo no alcanzan a ver las maravillas que en esta oración se esconden. Acostumbrados a la recitación mecánica, no se detienen a contemplar el sentido profundo de las palabras que esta oración encierra: “espántame ver que en tan pocas palabras está toda la contemplación y perfección encerrada, que parece no hemos menester otro libro, sino estudiar en éste”, dice Santa Teresa de Jesús.

 

sdom.jpgEn Oblatio Munda queremos entonces acercar a nuestros lectores la explicación que Santo Tomás trae en su Suma Teológica sobre las diversas partes del Paternóster; explicación característica del Doctor Angélico, por su sencillez, y al mismo tiempo por su gran profundidad.

 

La oración del Señor es perfectísima –comienza Santo Tomás– porque, como dice San Agustín, si oramos recta y congruentemente, nada absolutamente podemos decir que no esté contenido en esta oración. Porque como la oración es como un intérprete de nuestros deseos ante Dios, solamente podemos pedir con rectitud lo que rectamente podemos desear. Ahora bien: en la oración dominical no sólo se piden todas las cosas que rectamente podemos desear, sino hasta por el orden mismo con que hay que desearlas; y así esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que informa y rectifica todos nuestros afectos y deseos”.

 

En esta primera entrega sobre “El Padrenuestro”, revisaremos las dos primeras peticiones de la oración dominical, que encierran el fin último y el fin inmediato de la vida cristiana: la gloria de Dios, y la santificación de la propia alma:

 

Es cosa clara que lo primero que hay que desear es el fin –explica el Doctor Angélico– y después, los medios para llegar a él. Ahora bien: nuestro fin es Dios. Y hacia Él tienden nuestros afectos de dos maneras; la primera, en cuanto queremos la gloria de Dios; la segunda, en cuanto queremos gozar de ella. La primera pertenece al amor con que amamos a Dios en sí mismo; la segunda corresponde al amor con que nos amamos a nosotros en Dios. Y por eso la primera petición del Padrenuestro es santificado sea tu nombre, por la cual pedimos la gloria de Dios; y la segunda es venga a nosotros tu reino, por la cual pedimos llegar a la gloria de su reino, esto es, alcanzar la vida eterna” (1).

 

Aparecen entonces, en el orden del Paternóster, primeramente el doble fin de la vida cristiana: el fin último que es la gloria de Dios, y el fin próximo que es la propia santificación.

Por el primero, pedimos para Dios que Su nombre sea loado, alabado, glorificado en fin y verdaderamente por todas las creaturas. Dios, en su infinita bondad y amor rebosante, ha querido participar su perfecta Verdad, Belleza y Bien con sus creaturas; y en la perfección, en el orden, en la armonía de la creación, ésta glorifica al Creador, como un canto maravilloso que se eleva al Cielo desde las honduras de la tierra: en el conjunto armónico de los elementos, de los minerales, de las plantas, de los animales y del hombre, como rector y señor de la creación, el Cielo contempla extasiado la virtud finísima de Dios, como Artista de tales hermosuras. ¡Aleluya!Alabadle, sol y luna, alabadle todas, lucientes estrellas”; “Alaben el nombre de Yavé, porque Él lo dijo y fueron hechos” (Salmo 148). El mundo es una obra de arte delicada que ha nacido de las manos de Dios: las horribles manchas y sombras que en ese lienzo podemos descubrir, son efectos del triste pero real misterio del mal; de la acción maléfica de Satanás y sus ángeles, y de la herida mortal que el pecado original y actual ocasiona en el espíritu del hombre.

De aquí surge claramente la necesidad de la propia santificación, como el fin inmediato de la vida cristiana, aunque subordinado a la glorificación de Dios: “en hacer tu voluntad, ¡Dios mío!, tengo mi complacencia, y dentro de mi corazón está tu Ley” (Salmo 40, 9).

El Señor ha querido en el plan de Su Providencia, ser exultado en la contemplación de los justos, de los santos. Muchas veces hallamos en las Sagradas Escrituras la palabra “justicia”, empleada como sinónimo de santidad. Así, una de las ocho bienaventuranzas dice “bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia (esto es, de santidad), porque ellos serán saciados” (Mateo 5, 6).

Éste debe ser el hambre, la sed constante del cristiano; “como anhela la cierva las corrientes aguas, así te anhela a ti mi alma, ¡oh Dios!” (Salmo 42, 2).

 

(1) Para una mejor comprensión de este párrafo, invitamos al lector a revisar el artículo ya publicado en Oblatio Munda, titulado “El fin de la vida cristiana, glorificación de Dios y santificación del alma”.

 

Segunda parte

 

Continuamos en la exposición del Padrenuestro, siguiendo la enseñanza de Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico. En la primera parte, habíamos visto el doble fin de la vida cristiana, que ya aparece en las primeras dos intenciones del Paternóster: la gloria de Dios (“santificado sea tu nombre”), y la propia santificación (“venga a nosotros tu reino”). Continúa Santo Tomás:

 

Al fin que acabamos de decir nos puede ordenar algo de dos maneras: directa o indirectamente. Directamente (per se) nos ordena el bien que sea útil al fin. Y este bien puede ser de dos maneras; primaria y principalmente, nos ordena al fin el mérito con que merecemos la bienaventuranza eterna obedeciendo a Dios, y por esto se ponen aquellas palabras: hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo; secundaria e instrumentalmente, todo aquello que puede ayudarnos a merecer la vida eterna, y para esto se dice: el pan nuestro de cada día dánosle hoy. Y esto es verdadero tanto si se entiende del pan sacramental, cuyo uso cotidiano es muy provechoso al hombre (y en el que se comprenden todos los demás sacramentos), como si se entiende del pan material, significando con ese pan todas las cosas necesarias para vivir; porque la Eucaristía es el principal sacramento, y el pan material es el principal alimento”.

 

contempl_cr.jpgEn esta segunda parte, nos referimos a los medios por los cuales podemos alcanzar los fines antes mencionados. Así, vemos que existe un medio principal, directo, por el cual glorificar a Dios y santificar nuestras almas. Este medio es sencillamente, el cumplimiento de Su voluntad: “hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. No podemos hallar mejor ejemplo de esta sumisión incondicional a Dios y Su Plan, que aquel de María Santísima, Madre de Dios, cuando el Ángel se le aparece para anunciarle la buena nueva de la Encarnación, y Ella, turbada quizás ante el gran misterio que se le revelaba; conmovida sin dudas por tan grande determinación, pues en Ella reposaba el destino del género humano; en la Virgen de Nazaret se resolverían las profecías mesiánicas y salvíficas; en Ella tomaría carne el Verbo Divino, y por Él sería perdonado el hombre, elevado a la filiación divina como heredero de Dios, y serían reabiertas las puertas del Cielo… y es ésta sublime creatura, la Virgencita de la casa de David, que dijo “Fiat”, “hágase en mí, según tu palabra”… (Lucas 1, 38).

 

Los ojos del Señor están puestos sobre los que le aman”; “guarda contra el tropiezo, auxilio contra la caída. Eleva el alma y alumbra los ojos, da la salud, la vida y la bendición” (Eclesiástico 34, 19-20). El medio secundario, indirecto para alcanzar los fines de la vida cristiana, será aquel que se encierra en la frase: “el pan nuestro de cada día dánosle hoy”. Qué maravilloso contemplar la sencillez y la confianza de esta petición. Porque no pedimos riquezas ni honores, que muchas veces son más obstáculos para la santidad, que medios para la virtud: “no me des ni pobreza ni riquezas; dame aquello de que he menester” (Proverbios 30, 8); sino que rogamos a Dios por lo necesario, por lo indispensable, tanto para la vida espiritual, en el pan simbólico que figura al Pan Celestial, al Pan de los Ángeles, al Santísimo Sacramento: “Yo soy el Pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan vivirá para siempre, y el pan que Yo le daré es mi carne” (Juan 6, 51); pero también para la vida terrenal, pidiendo el pan nutricio, el alimento que es la alegría del pobre y del necesitado; ejemplo para las almas cegadas por las fantasías y la vanidad del mundo actual: “vanidad de vanidades; todo es vanidad. ¿Qué provecho saca el hombre de todo por cuanto se afana debajo del sol?” (Eclesiastés 1, 2-3).

Y aún más debiéramos sorprendernos. Porque en la petición del pan cotidiano, se encierra otro gran misterio de la vida espiritual, y es aquel del santo abandono a la Divina Providencia:buscad primero el reino y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. No os inquietéis, pues, por el mañana… bástale a cada día su propio afán” (Mateo 6, 33-34). Es en torno a este hermoso pasaje del Evangelio, que Nuestro Señor ensalza y admira la obra de la Providencia, cuando viste a las florecillas del campo, y alimenta a los pajaritos con todo candor y constancia… si así hace Dios con la hierba del campo, “¿no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?” (Mateo 6, 30).

 

Tercera parte

 

En esta última parte de la exposición que venimos presentando en Oblatio Munda sobre el Paternóster, conforme a la enseñanza de Santo Tomás, veremos las últimas peticiones que la oración dominical encierra, procurando desentrañar su sentido y así invitar a los fieles a una oración más meditada; los fieles católicos deben crecer en el espíritu confiado en ese diálogo abierto con Dios, cual es la oración íntima del alma.

Ya hemos visto los fines y medios que conforman la vida cristiana: santificar a Dios y ansiar la venida de su reino; cumplir su voluntad, y esperar nuestro pan cotidiano. Veremos ahora la parte final del Padrenuestro, que refiere a los obstáculos que nos impiden la consecución de esos fines, o la buena utilización de esos medios:

 

sdom_2.jpgIndirectamente (per accidens) nos ordenamos a la bienaventuranza removiendo los obstáculos que nos la podrían impedir. Tres son estos obstáculos: el primero y principal es el pecado, que nos excluye directamente del reino de los cielos y por esto decimos perdónanos nuestras deudas. El segundo es la tentación, que es como la antesala del pecado y puede impedirnos el cumplimiento de la divina voluntad, y por esto añadimos no nos dejes caer en la tentación. El tercero, finalmente, lo constituyen todas las demás calamidades de la vida que pueden perturbar nuestra alma, y para ello decimos líbranos de todo mal”.

 

En efecto, “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (I Juan 1, 8). Ahora bien: es el mismo Jesucristo quien nos adelanta la misericordia divina, no sólo en sus parábolas, por ejemplo en aquellas de la oveja descarriada, de la dracma perdida, o del hijo pródigo (Lucas 15), sino en su mismo obrar, cuando remite los pecados de María Magdalena, arrojada a sus divinos pies: “se le han perdonado sus muchos pecados, puesto que ha amado mucho… Tu fe te ha salvado, vete en paz” (Lucas 7, 47-50).

Luego está el obstáculo de las tentaciones, sobre las cuales debe estar advertido todo cristiano, esperándolas en la confianza de Dios, que jamás las ocasiona, sino sólo las permite para obrar en nuestras almas un mayor bien, pues que “la tentación prueba al justo, como el fuego al hierro”, según Tomás de Kempis en la “Imitación de Cristo” (Libro I, Cap. 13, 5), y lo cual advierte Santo Tomás al decir que Dios no incita al mal a los pecadores obstinados, sino que sencillamente retira de ellos su gracia, conforme aquello de San Pablo: “de modo que de quien Él quiere, tiene misericordia; y a quien quiere, le endurece” (Romanos 9, 18). “Por esta misma razón –comenta Monseñor Juan Straubinger– pedimos en la sexta petición del Padrenuestro: “y no nos dejes caer (literalmente: no nos introduzcas) en la tentación”.

Y para terminar este Paternóster comentado, valga la cita de uno de los Salmos del Rey Profeta David:  

Líbrame, Yavé, del hombre malo;

defiéndeme del hombre violento,

de esos que en su corazón

maquinan cosas perversas,

que provocan contiendas cada día

(Salmo 139)

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